POR QUÉ NO ME UNO A LA HUELGA, CACEROLADAS O ENCIERROS
Soy profesor de Escuelas Oficiales de Idiomas en la Comunidad de Madrid. Estoy en desacuerdo con las instrucciones dictadas en julio para el inicio de curso 2011-2012. Es muy dudoso que un descenso de la inversión en Educación, sobre todo en tiempos de crisis económica (algunos también dicen que de valores), sea la senda más apropiada para mejorar el país en que vivimos. Si el objetivo del “recorte” es ahorrar en educación pública en la Comunidad de Madrid, no es sensato que, al menos, no se haya producido tras un proceso de diálogo o negociación con los profesionales del sector. Las medidas dictadas, que son legales y legítimas (pues responden a una manera de entender los servicios públicos del partido gobernante, elegido mayoritariamente por los madrileños), se han decretado sin un consenso previo. Podría aceptarse el argumento de que en esta época todo el mundo ha de hacer algún sacrificio. El problema es que da la sensación de que esto no está sucediendo. Unos se están sacrificando más que otros. Toda esta cuestión daría para otro largo artículo, sin duda, pero no será éste. Aquí me centraré en hacer de “abogado del diablo”, por decirlo de una manera que todo el mundo entiende.
Por las razones apuntadas, he apoyado (aun sin grandes alharacas) la movilización y he ido a la manifestación del día 14 de septiembre: porque la educación es clave para un país, más todavía en tiempos de crisis. Y porque la educación pública alcanza a amplios espectros de la ciudadanía, incluyendo a capas de la población más desfavorecidas; por eso es justo defenderla siempre de manera sensata y argumentada.
No obstante, pese a apoyar a nivel global el descontento de los profesores tras las instrucciones de julio de 2011, he decidido no sumarme a las huelgas o encierros: es decir, a las medidas más drásticas. Querría enumerar a continuación mis motivos. Unos son más personales y otros más generales. Unos son más subjetivos que otros. Mis motivos son discutibles, por supuesto, y algunas de las opiniones vertidas en esta pieza son polémicas. Son, de todas formas, mis impresiones independientes. Opiniones que no pretenderían “hacerle el juego a nadie” (expresión nefasta) ni caer en lugares comunes: aunque, posiblemente, habré cometido ambos pecados, qué le vamos a hacer. Espero que, al menos, sirvan como acicate para debatir con respeto y armonía y, quizá, reconsiderar algunos puntos de vista.
Mis motivos más importantes para no hacer huelga son, seguramente, los cuatro primeros que aporto:
1-Hacer huelga me parece un fracaso social y una medida fácil. No acudir al lugar de trabajo supone, para mí, un dilema que afecta a mi ética profesional. Yo, personalmente, estoy en contra de las huelgas como estrategia para expresar un descontento, reclamar dinero o conseguir objetivos. Creo que hay otras maneras: campañas de información, cartas, debates, manifestaciones, reuniones, negociaciones… Por si fuera poco, opino que recurrir a la huelga, en nuestro caso concreto (profesores de enseñanzas de Régimen Especial), podría ser contraproducente.
2-Las huelgas perjudican sobre todo a los alumnos y padres de alumnos. Que son, en la práctica, nuestros “clientes”. Una huelga no mejora la calidad de la enseñanza e irrita y perturba a muchas personas genuinamente interesadas en aprender e ir a clase desde el primer día. Personas que se ven privadas de un servicio importante por razones que les pueden ser ajenas. Personas que pueden no entender o no compartir las razones que esgrimen aquellos que paralizan o boicotean la enseñanza pública por unas reivindicaciones concretas (más o menos justas). No hay por qué imponer modos de estar, pensar y actuar sobre otras personas (que bastantes problemas pueden tener ya en su vida). Lo que sí se debe hacer es informar y contextualizar. ¿Hace falta una huelga para tal menester?
3-Las huelgas en el sector público perjudican en especial a familias de clase media, clase media-baja o trabajadora. Los ricos y familias acomodadas, sobre todo en Madrid, llevan a sus hijos a centros privados o concertados. Y si quieren aprender idiomas, suelen optar por academias especializadas, British Council, Alianza Francesa, etc. Con una huelga hacemos daño a los que menos se lo merecen. Este argumento (para mí, sólido) suele despreciarse de un manotazo retórico. Como se dice en inglés, “think twice!”.
4-Aunque, como suela decirse, esto pueda significar “tirar piedras contra el propio tejado”, hay motivos, en mi modesta opinión, para considerar que las Escuelas Oficiales de Idiomas son un “lujo” estatal (nos guste admitirlo o no). Por eso hay que meditar mucho si, desde nuestra posición (privilegiada, por un lado, y marginal, por otro), nos conviene quejarnos demasiado. Los profesores de este cuerpo damos la misma docencia y ganamos lo mismo que los de Secundaria, siendo su labor objetivamente más dura, abnegada e importante que la nuestra. Además, se trata de una enseñanza de idiomas muy barata (menos de un euro por hora de clase) para un alumnado de todas las edades: es decir, nuestra labor es agradable y útil pero no pertenece a la enseñanza obligatoria. No es, pues, un disparate sostener que, en una determinada coyuntura, alguna administración decida recortar por ahí. En otros países europeos, hasta donde yo sé, no hay instituciones semejantes. ¿Podría estudiar, por ejemplo, francés o alemán en Londres, Budapest o Roma pagando 90 céntimos por cada hora de clase?
En este sentido, aducir que la demanda de alumnos ha aumentado en las EOIs no es un mérito intrínseco, sino algo lógico: por un lado, hay mucha gente desempleada con tiempo para estudiar. Y por otro, insisto: ¿cómo no va a haber demanda para aprender idiomas cuando un curso completo le cuesta al alumno lo mismo que tres semanas en un centro privado? Por eso, yo me pregunto: ¿nos interesa, realmente, quejarnos demasiado de nuestra situación? ¿No corremos más peligro como institución si, encima, clamamos contra unas medidas y aducimos que estamos siendo maltratados por la Comunidad de Madrid?
Esas cuatro son mis razones primordiales para no hacer huelga ni unirme a otro tipo de movilizaciones de carácter drástico.
Continúo ahora con otras reflexiones, percepciones y consideraciones menos importantes, mezclando asuntos más globales sobre educación con otros más concretos sobre Escuelas Oficiales de Idiomas:
5-Tengo escasa simpatía por los sindicatos, y son ellos principalmente los que están en el epicentro de las movilizaciones. Los sindicatos (sostenidos por los impuestos) están formados, en un porcentaje no desdeñable en nuestro campo, por “liberados de la enseñanza” o “desertores de la tiza”, personas a las que, en varios casos, no les gustaba enseñar y han buscado una salida de emergencia para no hacerlo. En mi opinión, ahora algunos de ellos son víctimas de una mala conciencia que les lleva a sobreactuar para “defender la educación” cuando quizá no eran tan reivindicativos cuando estaban en el aula… ¿Es esto demagogia? No lo sé: pero a poco que reflexionemos un poquito sobre el “perfil” del sindicalista, quizá no vayamos tan errados. A mí no me resulta cómodo compartir manifestaciones con banderas de la UGT o de la CNT, qué le vamos a hacer (tampoco con hoces y martillos, por cierto, que se multiplican en estas protestas). Por otro lado, la representatividad sindical entre los profesionales es muy escasa en comparación con su visibilidad y su “ruido”. Hay más socios del F.C. Barcelona que de UGT. ¿No es dudoso que unas personas que apenas nos representan tengan la legitimidad para “convocarnos” (¡a nosotros!) a “jornadas de lucha” y cosas semejantes? A mí no me representan. Y no quiero que me utilicen.
Y además, me cuesta mucho “cerrar filas”, por el mero hecho de ser “solidario” (aunque me dé pena el caso de algunos interinos), mientras no se traten otros muchos temas que deberían ponerse sobre la mesa cuando hablamos del funcionamiento y la calidad del sistema educativo (y, en concreto, de la enseñanza de idiomas). Los sindicatos pasan de puntillas sobre numerosos temas porque, quizá, no les interesa hablar de ellos. O porque son, por definición, conservadores: defienden, primordialmente, a su “clientela” (lo cual es lógico). En todo caso, me pregunto por qué los sindicatos han estado tantos años sin quejarse por otras cuestiones de nivel económico-laboral. Me pregunto por qué no consideran prioritario defender a los que no tienen trabajo ni aspiran a conseguirlo; a los que han sufrido tratos injustos en sus trabajos o en brumosos procesos de selección; a aquellos que son explotados en sus empresas o no cobran las horas extraordinarias que realizan. A todos aquellos que no llegan a los mil euros mensuales. Desconozco la respuesta, pero quizá tenga algo que ver con la cuestión de la “clientela” que mencioné más arriba. Y con el hecho de que en la Comunidad de Madrid gobierne el PP. Y llegados a este punto es cuando los sectarios de turno nos piden “que nos identifiquemos”, que presentemos al carnet de partido. Es decir: ¿y tú de parte de quién estás?
6-Dar dos horas más de clase no tiene por qué suponer una pérdida “irreparable” para la calidad de la enseñanza, como se ha dicho. En otros períodos o regiones se han impartido e imparten 20 o 21 horas de clase: ¿era la calidad de la enseñanza peor que ahora? La horquilla entre 18 y 21 horas docentes (que está en la Ley) se ha utilizado, pues, en distintos momentos en los últimos lustros en según qué autonomías. En otros países europeos se imparte un similar número de horas lectivas. Además, la “ratio” de alumnos por aula, según algunas estadísticas, en España no es superior a la de otros sitios. Y, por último, una consideración personal: ¿son los desdobles o las tutorías necesariamente positivos? ¿No suponen, por un lado, una disgregación del alumnado (¿no abogamos por la igualdad y por no dividir a los estudiantes por sexo, clase social o inteligencia?) y, por otro, el empleo de un tiempo precioso que podría utilizarse en dar inglés, matemáticas o lengua? Me disculpo si este punto no es demasiado convincente.
7-No es un disparate considerar que hubo, en los años de bonanza económica, un asombroso boom en el número de Escuelas Oficiales de Idiomas y en la cantidad de profesores (incluyendo abundantes interinos) trabajando en ellas. Fue una estupenda apuesta estatal y autonómica que conllevó un cierto riesgo, y que ahora se podría estar reconsiderando, por desgracia… No somos esenciales; y menos aún (estoy hay que reconocerlo) los profesores de idiomas minoritarios. Lo mismo que hubo una explosión del ladrillo (una burbuja), quizá haya ocurrido algo similar en nuestro campo. ¿Nos conviene protestar en exceso tras los años de bonanza? ¿No están otros sectores sufriendo también los efectos del pinchazo de varias burbujas? ¿Hay que enquistarse en las burbujas?
8-Hay aspectos obviamente positivos de nuestra profesión que no se están mencionando por razones meramente políticas (que no ideológicas). En la Comunidad de Madrid se multiplicaron el número de EOIs en pocos años. Supongo que entonces nos alegremos todos. Ahora hay nada menos que 35: 35 centros públicos no universitarios donde se imparte enseñanza de idiomas a adultos… Eso es algo fabuloso, claro. Gracias a esa ampliación, somos hoy muchos los que tenemos trabajo en este campo, y deberíamos estar agradecidos (yo lo estoy). Cuando era alumno de EOIs, nunca pensé que pudiera tener la suerte de trabajar en esto algún día. Por otro lado, también en Madrid se ha reducido la “ratio” de alumnos por aula a 25, lo cual ha sido una medida beneficiosa. Reconozcámoslo. ¿Es honesto fijarse solo en los aspectos negativos, cuando las cosas vienen mal dadas?
9-Lo peor de todo este asunto de los “recortes” es, obviamente, el de los interinos que trabajaban y que ya no podrán hacerlo (o sólo para sustituciones). Conozco a varios de ellos. Fui interino durante cuatro años y, al contrario que a algunos compañeros (por lo que parece), nunca se me pasó por la cabeza asumir que ya tenía asegurado mi trabajo de por vida o que, por el hecho de haber disfrutado de algunas vacantes o sustituciones, eso ya significaba que yo iba a ser profesor “indefinido” dentro de este cuerpo. Por eso opino que cuando se habla de “despidos”, en este caso, no se está utilizando el término apropiado. Los interinos se definen justamente por no tener su puesto asegurado y por estar a expensas de las necesidades o apuestas de la Administración.
Yo, siendo interino, tuve la fortuna de trabajar todos los años (el primero tuve una sustitución que se convirtió en vacante). Pero sabía que mi vida pendía de un hilo y siempre (repito, siempre) tuve abiertos otros “frentes laborales” por si esto se me torcía. Y en todo caso, si un año no hubiese trabajado, en ningún caso me habría considerado “despedido”, ni hubiese puesto el grito en el cielo. Me habría dado rabia, eso sí. Y hubiese sido (por cierto) autocrítico. Si hubiese visto, en fin, que mi situación dentro de este cuerpo se ponía complicada (y así lo pensé varias veces antes de hacer la última Oposición), me habría “movido”: habría probado otras opciones laborales en Madrid u otros lugares. Es decir, habría reconsiderado mi posición y mis metas y, en suma, me habría buscado la vida (enviando currículos a colegios, academias o empresas, cambiando de sector, ciudad o país, etc.). Por otro lado, y aunque por decir esto no me convierta en la persona más popular, no suele señalarse que hay bastantes interinos (he escrito “bastantes”, ni muchos ni pocos: nótese) que se han conformado durante años, esforzándose más bien poco en la ardua tarea de preparar una Oposición o a la hora de comprometerse con su trabajo con plena motivación. Quizá porque algunos asumían que ya “habían entrado en el Sistema” o que “su vida ya estaba solucionada” o que “ahora ya nadie los iba a echar”, no sé. ¿Era ésta una forma de pensar realista, valiente y progresista o, más bien, inmovilista, complaciente y conservadora? Cuidado cuando criticamos algunas medidas por “conservadoras”, atención a lo que decimos: a todo el mundo le interesa conservar bienes y servicios. Las reivindicaciones de estos días, ¿qué son sino proclamas de cientos de interinos que querrían “conservar” sus plazas?
10-En España hay el mismo número de alumnos cursando enseñanzas no universitarias que hace 15 años y, en cambio, según datos que he leído, existen 200.000 profesores más (en todo el país). No está nada mal. ¿Está ahora la educación mejor que hace quince años…? ¿Son los alumnos más inteligentes, están mejor preparados, son más respetuosos, etc.? ¿O estaremos los profesores más deficientemente preparados? ¿O esto cómo se entiende? ¿Cómo justificamos, en este sentido, una huelga o un encierro? ¿Es la inversión en educación el único problema o hay otros más acuciantes? Si no fuese por la (triste) cuestión de los interinos, ¿se estaría haciendo tanto énfasis en la cuestión de la calidad? ¿Están la calidad o la excelencia íntima y obligatoriamente relacionadas con el dinero?
11-El trabajo de centenares de interinos (y no interinos) en Secundaria, con sus 18 horas semanales, desdobles, horas de biblioteca, atención a padres, tutorías, etc. no ha ido en paralelo con una mejora objetiva de la calidad de la enseñanza y sí con un aumento de la indisciplina, como sabemos todos. De hecho, el fracaso escolar ha aumentado en los últimos años y estamos a la cola de Europa en ese aspecto (aunque la Comunidad de Madrid no está entre las peores de España). ¿Era y es la inversión el punto central del problema?
¿No habrá que mirar para otro lado a la hora de encarar el problema del fracaso escolar existente, el déficit de calidad o la frustrante cuestión de la escasa disciplina (incluso, en casos puntuales, en la Universidad o las EOIs)? ¿No será que a algunos docentes les da rabia o pavor sólo de pensar que tendrán que pasar más tiempo en el aula con adolescentes? ¿No es trágico que falte autoridad en los centros para enderezar una situación que, según oímos, está peor que nunca? ¿No tendrá más relación, el asunto de la calidad de enseñanza, con el papel de las familias o con alguna mezquina ley de educación o con la propia época que estamos viviendo y con su “cultura” reinante (que desprecia el esfuerzo, la seriedad y la dedicación, que son pilares básicos y, por ejemplo, adora “las cosas divertidas”, “las actividades extracurriculares”, los “gadgets” tecnológicos, etc.)? En fin, ¿está realmente la calidad educativa detrás de las movilizaciones?
12-Hay numerosos idiomas cuya relevancia internacional es bastante reducida y, sin embargo, están también incluidos dentro de las enseñanzas de las EOIs. Lo cual es fantástico, sin duda… aunque pueda convertirse en motivo de debate en tiempos como los actuales. ¿Son de verdad tan esenciales como para que el Estado deba financiarlos? En este sentido, no es sencillo defender que la oferta de cursos baratos de, por ejemplo, japonés o italiano sea un asunto de capital importancia en la Enseñanza Pública. No hay que perder la perspectiva de quiénes somos y dónde estamos. ¿No habremos estado habitando un oasis (que no tenía por qué ser eterno)? ¿No habrá que relativizar, calmarnos un poco y ser prudentes cuando defendemos ese oasis?
13-Con la algarabía (comprensible) de las 20 horas y los interinos, no se está prestando demasiada atención a muchos asuntos que seguramente sean más importantes en relación a la calidad de la enseñanza y la Educación Pública. Temas candentes como los procesos de selección (que permiten a menudo el acceso a la profesión de docentes no preparados, premiando más la experiencia que la competencia), el papel pasivo de los inspectores ante los abusos de algunos funcionarios (todos conocemos a compañeros que abusan, por acción u omisión, de la Administración), la falta de control y evaluación serios sobre la labor docente realizada o el gasto excesivo de dinero público durante los años de bonanza (también en el sector de la Educación, y empleado en partidas o recursos discutibles) no se mencionan en las reivindicaciones. ¿Afectan o no afectan estos asuntos a la calidad de la enseñanza y al funcionamiento correcto de los centros?
Y en relación a los interinos, una cuestión espinosa y nada popular: ¿por qué habría que defenderlos a ellos más que a otros que, habiéndose presentado a una oposición (siendo muchas veces gente brillante), ni siquiera han conseguido poner un pie en el sistema (numerosas veces, con calificaciones superiores a las de muchos interinos)? Por decirlo con simpleza: ¿hay que defender al interino número 37, que sí ha trabajado alguna vez, pero no al 38, que nunca ha llegado a hacerlo? ¿No habría que defender más y mejor al que consiguió un 8,5 en la oposición pero se quedó sin nada, frente a alguien que, con un 5 (o un 4 o un 3), ha gozado de vacantes?
14-La principal reivindicación de las EOIs en Madrid, la impartición y certificación del Nivel C, está quedando lamentablemente algo diluida frente a los temas estrella. Sin embargo, este es el asunto de mayor relevancia para nosotros, pues de él dependen la supervivencia, popularidad y prestigio de este tipo de enseñanza financiada con dinero público. Si no se consigue el nivel C (aunque sea tras el sexto año o NA2, que ya es en realidad un nivel C impartido pero no certificado…) en las EOIs, el futuro es más oscuro que claro. El nivel C queda difuminado cuando enmarcamos nuestras aspiraciones en el meollo de las reivindicaciones de la educación obligatoria.
15-A nivel personal, pese a tener que dar dos horas más de clase, no creo que la calidad de mis clases vaya a descender. Aunque no lo podría saber con seguridad, pues hay otros factores. Pero en general, esto depende, como siempre, de los profesionales que la imparten. Insisto en que hay otros factores que influyen más en esa calidad (preparación deficiente de profesores, conformismo, falta de alicientes, escaso control de la calidad o el compromiso, poca motivación, apatía, etc.), y no se están mencionando. ¿Por qué no hablamos de todo aquello que pueda mejorar el sistema educativo (objetivo último de las movilizaciones)? Insisto: “todo aquello”.
16-Sinceramente, no puedo ni quiero permitirme perder dinero de mi sueldo como consecuencia de hacer huelga. Tengo muchos gastos, como otras personas. ¿A dónde va ese dinero que se nos descuenta: de vuelta a las arcas de la Comunidad de Madrid? ¿Se les descuenta ese mismo dinero a los sindicalistas que están metidos en las movilizaciones? ¿Es realmente imprescindible perder dinero para protestar por algo que se considera injusto o discutible? ¿Por qué ha de verse esta pérdida como “sacrificio” en el contexto amplio y refulgente de una “causa justa”? La retórica del sacrificio y de las causas no va conmigo.
17-Pese a estas medidas desagradables, considero que mi trabajo sigue contando con numerosos estímulos (para los que nos gusta realmente enseñar) y ventajas objetivas. No está de más compararse con otros sectores (públicos y privados), trabajadores y profesionales para darse cuenta de que: impartimos docencia 7 meses al año; evaluamos 2 meses al año (en junio y, sobre todo, en septiembre, no trabajamos ni mucho menos todos los días de la semana), y contamos con 3 meses de vacaciones (el verano, además de Navidad y S. Santa). Encima, pese a que la ley fija 37,5 horas de trabajo semanales, siendo sinceros habrá que admitir que muy poquitos docentes llegan a esas horas. En mi caso, calculo que le dedicaré a mi trabajo, entre horas lectivas y no lectivas, unas 25 horas semanales de promedio. A partir de ahora, quizá le dedique unas 28 o 30. Por otro lado, podemos permitirnos no trabajar los viernes (o, al menos, algunos viernes), disfrutando de tres días de fin de semana. Los que podemos seguir trabajando, no vivimos tan mal.
Pido disculpas si este artículo le molesta a alguien. No era mi intención. Seguramente me habré equivocado en algunos puntos (espero que no en todos…). Ojala sirvan todas estas consideraciones (erróneas o no), en todo caso, como señuelo o punto de partida para una discusión más completa y matizada (sin sectarismos) sobre la educación, la educación pública y la enseñanza de idiomas. En la Comunidad de Madrid, España y la UE.